miércoles, 28 de noviembre de 2012

Mensaje anulado



Quiero que sepas que ya me esperaba
que esto ocurriera y que no pasa nada,
sólo me da la razón, y que he estado aprendiendo
de cada momento que he estado contigo.
Y pienso aplicar contra mis enemigos
tus tácticas sucias de acoso y derribo,
que también he sacado algo bueno
de todo este enredo.

Y quiero que sepas
que espero que acabes
colgando de un pino
cuando veas lo imbécil que has sido,
cuando veas que lo has hecho fatal.

Y que quiero que sepas
que ha sido un infierno,
estando contigo
el infierno es lo más parecido,
te pareces un poco a Satán.

Quiero que sepas que me he acostumbrado
a tus putas escenas de "ahora me largo".
Lárgate ya de verdad que sería una suerte
si no vuelvo a verte en los próximos años.
Por mí que podías tirarte de un tajo
que ya lo que hagas me trae sin cuidado.
Si me pongo a pensarlo un momento
creo que lo prefiero..

Así que ya sabes
que espero que acabes
pegándote un tiro
cuando veas lo imbécil que has sido,
cuando veas que lo has hecho fatal.

Y que quiero que sepas
que ha sido un infierno,
estando contigo
que por poco no acabas conmigo,
pero soy difícil de matar.

Y que quiero que sepas
que ha sido un infierno,
estando contigo
el infierno no es tanto castigo,
te pareces bastante a Satán.

lunes, 8 de octubre de 2012

En el camino está el hogar


"Salí para encontrar el hogar que había dejado hacía tiempo, y no podía recordar exactamente dónde estaba, pero se hallaba en el camino. Y al encontrar lo que encontré en el camino todo era tal como lo había imaginado. En realidad, no tenía ninguna ambición, no creo que tuviera ambición para nada.
Nací muy lejos de donde se supone que debo estar, y por lo tanto voy camino a mi hogar."

miércoles, 8 de agosto de 2012

El tiempo de nuestras canciones


Qué nos va a pasar

Cada día trato de acertar por dónde saldrás;
eso es tanto como adivinar qué nos va a pasar.
Has estado, hace tiempo, algo raro por momentos.
Me pregunto algo inquieta qué nos va a pasar.
No recuerdo cuándo decayó la conversación
ni el punto en que dices tú que algo cambió.
Sin embargo, mientras tanto, yo me guardo la esperanza
y las cosas que en la plaza nos dijimos hoy.
Ahora que te vas pediré perdón y dirás que no
y estará muy bien, ya sabes por qué.
Yo me esconderé, ahora que te vas, 
ya no saldré más; dime para qué, si no te voy a ver.
Sin embargo, mientras tanto, yo me guardo la esperanza
y las cosas que en la plaza nos dijimos hoy.
Ahora que te vas pediré perdón y dirás que no
y estará muy bien, ya sabes por qué.
Yo me esconderé, ahora que te vas,
ya no saldré más; dime para qué, si no te voy a ver.
Cuando pase el tiempo conocerás a alguien más
y me olvidarás, y es que es lo normal.
Aunque nos dé rabia siempre ocurre igual
y nos esforzamos en disimular.

miércoles, 11 de julio de 2012

Según un Grupo de Expertos


¿Cómo puede ser que con tanto iluminado, falte lucidez?

miércoles, 27 de junio de 2012

Círculos viciosos


¡No lo limpies! Déjame conservar mis círculos del vicio. El círculo es la figura geométrica perfecta, sin fin ni principio. Estoy seguro al transitar en equilibrio por tu redondez sin aristas. Ignoro los peligros que supone tu múltiple presencia, la que dicta mi sentencia. Ante mis ojos se asoma el abismo, y yo ¿qué hago? Bebo, bebo cuando los días me sacan de quicio.
¡Véte! Déjame a solas con mi amada de curvas peligrosas. Es mía, no la comparto. La cuido, la mimo. La arropo en insólitos escondites porque su visibilidad es mi vergüenza. Ante mis ojos se presagia el abismo, y yo ¿qué hago? Bebo, bebo para no ser yo mismo.
Por la borda lanzo los sacos de arena. El globo se alza. ¡Me elevo! Me siento preparado y ya no soy un tipo corriente. Soy uno de los grandes genios. Soy Picasso pintando la guerra incivil. Soy quien acaba el réquiem de Mozart. Ante mis ojos se intuye el abismo, y yo ¿qué hago? Bebo, bebo en una huida en defensa propia.
Por la noche es diversión, por la mañana es mi medicina. A un fin de semana perdido le sigue un día sin huella. Beber es pecado, rendición del juicio. Ante mis ojos, los otros ven el abismo, y yo ¿qué hago? Bebo, y me rindo en un gesto de nostalgia hacia un pasado inventado.

miércoles, 20 de junio de 2012

El fútbol que se lee


Érase un hombre que se sentía preso de un penalti.

jueves, 7 de junio de 2012

Pucaj tricu


La estampa me conmovió, por lo familiar. Unos chiquillos juegan al baloncesto en una vieja canasta. El chirriante sonido de las zapatillas rasgando el suelo hace que me detenga a observarles. Me quedo ahí, pensativo. La inevitable renovación de la vida, los niños. Mi metro noventa y siete causa extrañeza e impresiona a los pequeños, que me miran de reojo con recelo.
La pelota rebota en el aro y aterriza a mis pies. Con un rápido movimiento ya es mía. El olor a cuero y la adrenalina de otro tiro crucial casi humedece mis ojos. Ahí estoy yo, cara a cara con aquel aro desafiante, con su red cayendo como una bonita y provocativa falda. Un aro sin red es como un fin de año sin brindis: triste y solitario. No es nadie sin su complemento esencial.
Todo parece bajo control: distancia que vale por tres, lengua fuera, apunto, salto en suspensión. La yema de mis dedos hace volar la pelota en rotación surcando el cielo en una parábola perfecta. ¿Será receptivo o se tratará de un aro frígido e inexpugnable que no sucumbe ni ante los encantos del mejor tirador?
Diecinueve años después del último lanzamiento compruebo que algunas cosas se empeñan en no cambiar: la pelota penetra en el aro limpiamente acariciando la red que emite una especie de susurro femenino, al levantarse la falda y dejar al descubierto las vergüenzas del impotente aro.
-"¡Vaya suerte!", exclama con cierto tono despectivo el más alto de los niños. Ese resentimiento del grandullón es universal y perpetuo. Los pívots siempre me parecieron unos amargados, quejándose continuamente porque no recibían el balón. Pobres infelices, nunca entendieron que estaban allí únicamente para defender, coger rebotes y bloquear. Nunca conocerán la gloria del triple anotado en el último suspiro, de ahí su enfado permanente.
-"Tu cara me suena", afirma el niño más prometedor, chocándome la mano en un guiño cómplice entre escoltas. Los dotados de un talento innato se reconocen y respetan. De chaval ya poseía la curiosa habilidad de advertir quién iba a constituir la mayor amenaza del equipo contrario. Y en apenas cinco minutos, fijándome en lo gestos y movimientos de aquellos niños supe que aquél en concreto era especial.
-"Es que la muerte me sienta bien", ironizo ante la mirada atónita de los niños.
La muerte me arrebató el fervor de las gradas, a cambio del elixir de la juventud eterna, de mantenerme joven en el recuerdo.
Me despido con mis peculiares y vagos andares y su braceo característico, consecuencia de unos pies cansados de soportar el peso del mito, de haberme convertido en símbolo de un país, y esto sí que deviene paradoja, que apenas vi nacer. Estos pies no olvidan el camino y se acercan a la casa donde reponían fuerzas para la siguiente batalla. Una vez allí comprobaré qué tal le va el día a la buena de Biserka.

miércoles, 23 de mayo de 2012

Sobre el oficio de escritor y las gafas de sol


Cuando en aquel japonés la chica a la que le dio por correr insistió en que lo único que debía hacer era escoger un tema, escribir sobre él y esperar a que la inspiración fluyera, libre de obstáculos, en un viaje revelador desde el hemisferio derecho del cerebro hasta las yemas de los dedos, no pude más que fruncir el ceño y pensar sobre ello.
La chica a la que le dio por correr parecía plenamente convencida del método a seguir, y lo corroboró con la inestimable ayuda de su penetrante mirada. Uno, si era capaz de aguantar el escrutinio de aquellos ojos, ya tenía mucho ganado.
Así que, intentando asimilar el consejo y confiando en el milagro, abrí la libreta. Me quedé mirando la página en blanco. No tenía ni idea de cómo empezar y si iba a salir airoso del desafío. El objeto del ejercicio no consistía en escribir algo concreto, sino en demostrarme a mí mismo que era capaz de escribir: lo que significaba que no importaba tanto lo que escribiera como el hecho de escribir algo. Difícil tarea para alguien que tiende a divagar y a perderse por los entresijos de la dispersión.
Cualquier frase servía, pero mi elevada autoexigencia y mi desmedido respeto por la letra impresa me impedían cometer una estupidez, de modo que me quedé esperando frente a la página milimetrada, desconcertado ante las líneas de tenues tonos grises.
Minutos más tarde alcé la vista buscando una salida. Tal vez la chica a la que le dio por correr debió ser más explícita.

martes, 15 de mayo de 2012

viernes, 4 de mayo de 2012

Cuando conocimos a Marilyn



¡Ay, los amigos! Esas personas que aun conociéndote se obstinan en quererte y seguir siendo tus amigos. Tiene mérito, ¿no?
Mis ausencias cada vez más prolongadas, mi tendencia felina a desaparecer y retirarme hacia mi guarida quizás respondan a la estúpida creencia de que mantenerse alejado ayude a mantener vivo el hechizo, como si nuevos acercamientos pudieran romper la magia de los momentos vividos.
Pero de algún modo, las personas que han compartido pupitre en su adolescencia están condenadas a estar juntas, aunque sea desde la distancia.
Para consolidar una amistad hay que partir de un principio de similitud que lo inicie todo. Pues bien, juguemos. Miremos atrás.
Nuestros recuerdos juntos son cada vez más lejanos, así como nuestros actuales contactos son cada vez más atípicos, pero merece la pena poner a trabajar a esa dama caprichosa que es la memoria. Hoy es un día especial y así es cómo yo te recuerdo y cómo te sentí. Sin ningún orden, sólo son retazos de la complicidad que hubo entre dos amigos.
Eres lo que dura un embarazo mayor que yo, incluso ahora eres nueve meses mayor y tengo la sensación de que siempre será así. Puede ser un síntoma de una especie de fraternidad entre ambos: yo gané otro hermano mayor y tú otro menor.
Te colaste en mi vida respetando mis silencios y mis huidas, en una época en la que todavía no había cerrado la puerta y se podía acceder a mí. Yo me colé en la tuya poniendo buena cara a tus tardanzas. Siempre te esperé. Nunca me quejé, conocedor de que la impuntualidad es tu compañera.
Tú eras el que gritaba más alto, el que luchaba porque no le arrebataran un solitario taxi en un noche fría. Yo únicamente me dedicaba a seguir tu voz.
Hubo un tiempo en el que disfrutaba siendo tu copiloto, ya fuera dentro del coche fantástico de color amarillo, en un viaje de vértigo rodeados de buitres, montañas y encinas de más de mil años; o intentando conciliar el sueño en las estrecheces de una cabina de camión. Pongamos que hablo de nuestras andanzas por Madrid.
Un paréntesis libre de barba en mi rostro me lleva a una noche de primavera, donde una luz sobre dos ruedas disfrazada de muerte nos sorprendió en una curva que nos debió llevar al pueblo de las cerezas. Podíamos haber tenido problemas, pero dijimos que íbamos cinco. Y yo, sí, otra vez fui tu copiloto. Imposible dormir aquella noche, nos fundimos en un abrazo. Ahí se selló el compromiso.
En una vieja casa destartalada descubrimos las bondades de una botella: echabas un trago y ¡milagro! comenzabas a hablar con las chicas. Todo era muy inocente: no fumábamos porros, si acaso bebíamos en porró.
Y el deporte. Dos números me vienen a la cabeza: 24 horas nos parecían pocas cuando merodeaba cerca una pelota; trasnochar no nos importaba si la recompensa era el último lanzamiento decisivo del 23.
Debo parar, seguro que lo entenderás. Es un error recrearse demasiado en intentar recuperar lo que ya se fue. No es bueno, no es bueno. No es bueno mirar fotos antiguas.
¿Y ahora qué? ¿Somos los mismos? En esencia sí, sólo que un poco inflados por los años y las dolencias. Las circunstancias son las que atentan contra la identidad y las que nos intentan cambiar. Pero ni un corazón enfermo ni una espalda maltrecha podrá borrar lo vivido.
Sólo una cosa más. Quizás puedas ayudarme a resolver el enigma: ¿Quién movía el jodido vaso?