Callejón 27
miércoles, 23 de mayo de 2012
Sobre el oficio de escritor y las gafas de sol
Cuando en aquel japonés la chica a la que le dió por correr insistió en que lo único que debía hacer era escoger un tema, escribir sobre él y esperar a que la inspiración fluyera, libre de obstáculos, en un viaje revelador desde el hemisferio derecho del cerebro hasta las yemas de los dedos, no pude más que fruncir el ceño y pensar sobre ello.
La chica a la que le dió por correr parecía plenamente convencida del método a seguir, y lo corroboró con la inestimable ayuda de su penetrante mirada. Uno, si era capaz de aguantar el escrutinio de aquellos ojos, ya tenía mucho ganado.
Así que, intentando asimilar el consejo y confiando en el milagro, abrí la libreta. Me quedé mirando la página en blanco. No tenía ni idea de cómo empezar y si iba a salir airoso del desafío. El objeto del ejercicio no consistía en escribir algo concreto, sino en demostrarme a mí mismo que era capaz de escribir: lo que significaba que no importaba tanto lo que escribiera como el hecho de escribir algo. Difícil tarea para alguien que tiende a divagar y a perderse por los entresijos de la dispersión.
Cualquier frase servía, pero mi elevada autoexigencia y mi desmedido respeto por la letra impresa me impedían cometer una estupidez, de modo que me quedé esperando frente a la página milimetrada, desconcertado ante las líneas de tenues tonos grises.
Minutos más tarde alcé la vista buscando una salida. Tal vez la chica a la que le dió por correr debió ser más explícita.
martes, 15 de mayo de 2012
viernes, 4 de mayo de 2012
Cuando conocimos a Marilyn
¡Ay, los amigos! Esas personas que aun conociéndote se obstinan en quererte y seguir siendo tus amigos. Tiene mérito, ¿no?
Mis ausencias cada vez más prolongadas, mi tendencia felina a desaparecer y retirarme hacia mi guarida quizás respondan a la estúpida creencia de que mantenerse alejado ayude a mantener vivo el hechizo, como si nuevos acercamientos pudieran romper la magia de los momentos vividos.
Pero de algún modo, las personas que han compartido pupitre en su adolescencia están condenadas a estar juntas, aunque sea desde la distancia.
Para consolidar una amistad hay que partir de un principio de similitud que lo inicie todo. Pues bien, juguemos. Miremos atrás.
Nuestros recuerdos juntos son cada vez más lejanos, así como nuestros actuales contactos son cada vez más atípicos, pero merece la pena poner a trabajar a esa dama caprichosa que es la memoria. Hoy es un día especial y así es cómo yo te recuerdo y cómo te sentí. Sin ningún orden, sólo son retazos de la complicidad que hubo entre dos amigos.
Eres lo que dura un embarazo mayor que yo, incluso ahora eres nueve meses mayor y tengo la sensación de que siempre será así. Puede ser un síntoma de una especie de fraternidad entre ambos: yo gané otro hermano mayor y tú otro menor.
Te colaste en mi vida respetando mis silencios y mis huidas, en una época en la que todavía no había cerrado la puerta y se podía acceder a mí. Yo me colé en la tuya poniendo buena cara a tus tardanzas. Siempre te esperé. Nunca me quejé, conocedor de que la impuntualidad es tu compañera.
Tú eras el que gritaba más alto, el que luchaba porque no le arrebataran un solitario taxi en un noche fría. Yo únicamente me dedicaba a seguir tu voz.
Hubo un tiempo en el que disfrutaba siendo tu copiloto, ya fuera dentro del coche fantástico de color amarillo, en un viaje de vértigo rodeados de buitres, montañas y encinas de más de mil años; o intentando conciliar el sueño en las estrecheces de una cabina de camión. Pongamos que hablo de nuestras andanzas por Madrid.
Un paréntesis libre de barba en mi rostro me lleva a una noche de primavera, donde una luz sobre dos ruedas disfrazada de muerte nos sorprendió en una curva que nos debió llevar al pueblo de las cerezas. Podíamos haber tenido problemas, pero dijimos que íbamos cinco. Y yo, sí, otra vez fui tu copiloto. Imposible dormir aquella noche, nos fundimos en un abrazo. Ahí se selló el compromiso.
En una vieja casa destartalada descubrimos las bondades de una botella: echabas un trago y ¡milagro! comenzabas a hablar con las chicas. Todo era muy inocente: no fumábamos porros, si acaso bebíamos en porró.
Y el deporte. Dos números me vienen a la cabeza: 24 horas nos parecían pocas cuando merodeaba cerca una pelota; trasnochar no nos importaba si la recompensa era el último lanzamiento decisivo del 23.
Debo parar, seguro que lo entenderás. Es un error recrearse demasiado en intentar recuperar lo que ya se fue. No es bueno, no es bueno. No es bueno mirar fotos antiguas.
¿Y ahora qué? ¿Somos los mismos? En esencia sí, sólo que un poco inflados por los años y las dolencias. Las circunstancias son las que atentan contra la identidad y las que nos intentan cambiar. Pero ni un corazón enfermo ni una espalda maltrecha podrá borrar lo vivido.
Sólo una cosa más. Quizás puedas ayudarme a resolver el enigma: ¿Quién movía el jodido vaso?
lunes, 23 de abril de 2012
Salvajes
"Durante un breve período tuvimos una civilización que se aferraba a una delgada franja de tierra entre el océano y el desierto.
El problema era el agua: de un lado había demasiada y del otro, demasiado poca, aunque eso no nos frenó. Construimos casas, autopistas, hoteles, centros comerciales, complejos de apartamentos, aparcamientos de varias plantas, escuelas y estadios.
Proclamamos la libertad del individuo, compramos y condujimos millones de coches para ponerla de manifiesto, construimos más carreteras para que las coches las recorrieran y así poder ir a todas las partes que no eran ninguna parte. Regamos nuestra hierba, lavamos nuestros coches, bebimos botellas de agua de plástico para mantenernos hidratados en nuestra tierra deshidratada, hicimos parques acuáticos.
Levantamos templos a nuestras fantasías y acudimos a ellos en tropel.
Fuimos a la playa, cabalgamos las olas y vertimos nuestros desechos en el agua que decíamos amar.
Nos reinventamos a nosotros mismos todos los días, reconstruimos nuestra cultura, nos recluimos en comunidades cerradas, comimos comida sana, dejamos de fumar, nos hicimos liftings en la cara y, al mismo tiempo, evitamos el sol, nos hicimos peelings, nos quitamos las arrugas y la grasa, como habíamos hecho con los hijos indeseados, y desafiamos el envejecimiento y la muerte.
Endiosamos la riqueza y la salud.
Convertimos el narcisismo en religión.
Acabamos adorándonos solo a nosotros mismos.
Al final, no fue suficiente."
martes, 10 de abril de 2012
Los chicos siguen bien
Una partitura en lo alto de un piano en el laberíntico mercado de Camden, un número de teléfono comprometedor oculto en las tripas de un disco (del DISCO), una exposición fotográfica olvidada en un callejón que es un pellizco que te transporta a aquel revolucionario 1965, el año ideal para ser joven y soñador; la caja de sorpresas en que puede convertirse el zapping de un tedioso domingo por la tarde y que, al parecer, certifica la extraña paranoia sobre determinadas conexiones mentales.
La culpa la tienen los recuerdos. Esas canciones que, sin avisar y en cualquier lugar, asaltan repentinamente la memoria y cogen desprevenida a nuestra confiada retaguardia, que se creía protegida y a salvo de ataques traicioneros. Ese es el poder de la música: lo que puede llegar a remover.
Y ahora que la estadística se pone pesada y se empeña en recordarme una y otra vez que mi cuenta atrás se acerca a todo trapo, ahora que parece que de todo ya hace veinte años, y que me enorgullezco lo bastante de lo que sé para aceptar con modestia que hay muchas cosas que ignoro, ahora sé que podré contar de nuevo con ellos para intentar dar conmigo y descifrar en qué consiste esto de pertenecer a un mundo.
jueves, 29 de marzo de 2012
29-M y las persianas indecisas
Todos conocemos a los "bartlebys": son esos seres en los que habita una profunda negación del mundo. Yo mismo he pasado por mis períodos de pulsión negativa y atracción por la nada.
Hoy es un día atípico: muchos despertadores, cómplices con nuestro sueño, deciden callar eludiendo toda responsabilidad de iniciar la jornada. Su testigo lo recogen, a regañadientes, esas persianas metálicas que precisamente hoy adquieren un protagonismo inusitado, obligadas a bailar arriba y abajo al son de la proximidad de unos cánticos que proclaman indignación y justicia.
Esas persianas cortadas por la mitad son reflejo de muchas cosas: del miedo a fantasmas pasados, del miedo a ser dueños de nosotros mismos.
Hoy no es un día transcendental porque parece ser que todo el pescado ya está vendido, pero el progreso social es lo que nos identifica como ciudadanos. Ahí sí que se debería reaccionar y decir basta. Lo mismo da cómo estén las persianas hoy: ya se sabe, unos las verán subidas y otros bajadas; pero quizás las próximas generaciones, si levantan la cabeza de la consola, nos pidan cuentas por el estado de su bienestar y entonces nos saldrán los colores.
Es fácil dejarse llevar por la desesperanza. Los gobernantes nos quieren deprimidos porque pocas cosas resultan más gratificantes para los depresivos que las noticias malas.
Pero, como dice Cándido, nada es imposible.
En teoría, cuando marzo se vuelve abril, ganamos luz. Ya va siendo hora que esa luz nos guíe para salir de nuestra particular primavera desencantada.
lunes, 26 de marzo de 2012
Una tortilla a las finas hierbas
"Sostiene Pereira que esas pequeñas costumbres ayudan a vivir, la lectura del periódico, el no aspirar a mucho, sus necrológicas, y esos placeres que se concede para salvar tanta rutina, los versos de Lorca y su tortilla a las finas hierbas. Pero sostiene Pereira que a veces es la vida la que le sale a uno al paso y entonces no queda otro remedio que tomar partido."
miércoles, 21 de marzo de 2012
Todos somos putas
¿Quién es más puta? ¿La Mónica que vende su cuerpo, pero con una sonrisa cargada de dignidad, o yo que desprecio mi tiempo, que es lo único de que dispongo, a cambio de un trabajo frustrante y un sueldo deprimente con el fin de hipotecarme hasta la cejas?
martes, 13 de marzo de 2012
Cartas mentales
"Al hacer un resumen de sí mismo, reconoció que había sido -por dos veces- un mal esposo. A Daisy, su primera esposa, la había tratado miserablemente. Madeleine, su segunda mujer, había intentado manejarlo. Para su hijo y su hija era un padre cariñoso pero malo. Y para sus propios padres, fue un hijo desagradecido. Para su país, era un ciudadano indiferente. A sus hermanos y a su hermana los trataba con afecto pero se mantenía muy apartado de ellos. Para sus amigos, era un egoísta. En cuanto al amor, era un perezoso. En cuanto a la brillantez, era un hombre apagado. Ante el poder, pasivo. Y respecto a su propia alma, tomaba una actitud evasiva.
Como persona de tendencias irregulares, practicaba el arte de describir círculos sobre los hechos aislados para dejarse caer luego sobre las cosas esenciales.
Temía a la intensidad de los sentimientos, con la que habría de enfrentarse cuando ya no pudiese contar con sus excentricidades para olvidar."
viernes, 2 de marzo de 2012
Es la luz de Enrique
Lo dicen los Cuatro Evangelistas: "Se ha producido un nuevo milagro en el Refugio Antiaéreo. Se desconoce el origen de tan cegador destello."
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